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Quienes somos

Ancianos, Abuelitos, Tercera edad, Adulto Mayor, Persona Mayor y viejo…

A propósito de los diversos síntomas y signos de viejismo que hemos observado en este loco mundo de crisis sociales, pandemias y emergencias medioambientales, me gustaría plantear una pequeña reflexión sobre el poder del lenguaje y cómo éste evidencia las percepciones y juicios que compiten en nuestra sociedad. Este es un poder que todos manejamos y, por tanto, todos somos capaces de ejercerlo (para bien o para mal).

La vejez y el envejecimiento son construcciones sociales. Prueba de ello han sido los profundos cambios que han experimentado las denominaciones que se le otorga a este grupo etario. Hace varias décadas, la mirada hacia el “viejo” era primordialmente caritativa, dado que estos representaban muchas veces el rostro de la vulnerabilidad, la pobreza y la calle, y no existía mayor apoyo hacia ellos. En aquel entonces, la caridad provenía principalmente de organizaciones religiosas (en el caso de las personas mayores en estado de abandono), o bien, la existencia del viejo se limitaba al ámbito doméstico, donde su único rol es el de “abuela” o “abuelo”. Es decir, nos referíamos a ellos como los “ancianos” (expresión de debilidad, pasividad, enfermedad, entre otros) o como los “abuelitos”. Sin embargo, en Chile el mundo público y el Estado comienzan a adquirir un rol más activo frente a esta población en 1995, cuando nace la “Comisión Nacional para el Adulto Mayor”, que posteriormente llegaría a llamarse Servicio Nacional del Adulto Mayor (SENAMA). Es más o menos en esta época cuando se genera un salto en el lenguaje, intentando cambiar las denominaciones de la vejez hacia “tercera edad” o “Adultez mayor”, términos que buscaban ser menos peyorativos. Sin embargo, estos conceptos eran un tanto reduccionistas, limitando a los viejos a una sola característica (la de ser mayor), coartando otros ámbitos de su vida, y reproduciendo el estereotipo del viejo asexuado, sin roles que cumplir, pasivo, y sin opinión. Por ello, se evoluciona posteriormente hacia el concepto de “Persona Mayor”, entendiéndolos también desde otros roles (ser persona, ciudadano, sujeto de derechos, entre otros). 

Hasta el día de hoy, todas esas denominaciones aún conviven. Muchos todavía emplean el concepto de “Hogares de Ancianos”, o vemos desafortunados titulares de diario que hacen referencia al “Abuelito”. No obstante, yo veo esta evolución como una transformación positiva en la lucha contra el viejismo. Ahora, queda preguntarse ¿Qué viene más adelante? ¿Sería posible que el término siga cambiando?

A continuación, quisiera compartir con ustedes una visión muy personal. Yo, por un lado, estoy a favor de la terminología de la “persona mayor” y la prefiero. Pero, por otro lado, creo que esta transformación que se viene dando hace años también debería dar un lugar de honor a los conceptos de “vieja” y “viejo”. Existe gente que reniega de denominarse a sí mismo y a otros como viejo. En ocasiones, se cree que decir “viejo” es una ofensa. Por ejemplo, hay quien dice “Yo no soy vieja, la juventud se lleva por dentro” o “que mal, me llegó el viejazo”. Sin embargo, quisiera postular ¿Qué pasa si el problema no está en la palabra sino en nuestros propios prejuicios? Yo me pregunto, ¿Por qué sería malo ser vieja o viejo? ¿Por qué viejo o vieja no pueden ser descripciones neutras, al igual que decir “alto” o “bajo”, o “moreno”, “castaño” y “rubio”? Hay quienes niegan la edad, planteando que la edad es solo una idea, que no significa nada, que lo que importa es la persona. Pero ¿Por qué debería no importar la edad? ¿Acaso no es la edad una muestra de nuestro paso por este mundo, nuestras experiencias y nuestro tiempo con quienes amamos? ¿Por qué quitarse años? Personalmente, el día en que mi carnet diga que tengo más de 60, estaré orgullosa de poder decir que soy vieja y punto. 

Es más, por ahí por el 2017 adquiere renombre una obra de teatro titulada “Viejos de mierda”, escrita por Rodrigo Bastidas y Jaime Vadell, y protagonizada por Coco Legrand, Tomás Vidiella y el propio Vadell. La obra fue un rotundo éxito, y le siguó “Viejas de mierda”, otro exitazo con la actuación impecable de Gloria Munchmayer, Gabriela Hernández y Gloria Benavides. Los provocativos títulos de estas obras parecen evidenciar la necesidad de que sean los mismos viejos los que se hagan dueños de su denominación. Así, este es un empoderamiento lleno de ironía, de humor y creatividad, que demuestra que ser viejo no tiene nada de malo, donde ellos mismos se dicen viejos e incluso “viejos de mierda”. De hecho, en ambas obras son los viejes quienes se rebelan contra estructuras establecidas, a tal punto que unos se deciden a echar abajo el edificio del Costanera Center -símbolo inequívoco del neoliberalismo- y otras se niegan a obedecer los designios del mismísimo cielo mientras esperan en el purgatorio. Además, durante ambas historias estos viejos se cuentan sus vidas, sus penurias y alegrías, dando cuenta de que “viejo” no es solo una descripción de la edad de un individuo, sino que hace referencia a quien ha vivido mucho y a acumulado innumerables experiencias. En este sentido, el “vieje” no es solo eso, también es persona, es hombre, mujer, padre, pareja, ciudadano y todo lo que desee.

Por eso mi sueño es que, cada día más y más personas eviten el “anciano” o “abuelito” para referirse a las personas mayores y que, además, lleven ese gesto y esa transformación del lenguaje al siguiente nivel: que hablen de los viejos y viejas con naturalidad y respeto, inspirándose a querer ser vieja o viejo. Porque para mí, no es necesario “llevar la juventud por dentro” sino vivir plenamente los años que se tienen. Incluso me atrevo a decir que, cuando las palabras viejo o vieja hayan perdido su tono negativo, el día en que ya no se consideren una ofensa, será cuando le hayamos torcido la mano al viejismo. Para mí, ahí se evidencia el poder de la palabra, y allí es donde cada uno de nosotros puede aportar a esta transformación. Por eso se hace inmensamente relevante el lenguaje que elegimos, y ojalá, si estás de acuerdo conmigo, decir vieja o viejo sin prejuicios y sin miedo.

Raffaela Carvacho Formas

rdcarvacho@uc.cl