Opinión: dignidad hasta en la muerte, Nueva Constitución y personas mayores

Valentina Salazar

Valentina Salazar

Coordinadora de Incidencia Fundación GeroActivismo

*Escrito por Berta Espinoza Reyes, presidenta del Observatorio del Adulto Mayor de La Reina y Agnieszka Bozanic Leal, presidenta Fundación GeroActivismo

Hoy vivimos más años. Habitamos durante más tiempo aquella etapa llamada vejez que cualquier otra. Y como se ha ampliado la residencia en este periodo es justo y necesario pensarse en la vida, pero por sobretodo en la muerte.

Según el DEIS, el año 2019 se inscribieron 87705 muerte de personas mayores de 60 años, las que correspondieron al 80% del total. Por lo tanto, la muerte, es cosa de mayores. En este contexto, la consagración del derecho a la muerte digna en la Nueva Constitución es clave para potenciar la autonomía de las personas mayores, así como para propiciar un cambio en el imaginario social de este segmento etario. Y aunque si se piensa en la muerte como la culminación de una vida y, por ende, el final de un proceso, el logro de una muerte digna se consigue luego del tránsito de una vida digna y plena en condiciones y circunstancias adecuadas, la garantía de este derecho propone casi sin quererlo un Chile inclusivo con todas las edades.

El reconocimiento, respeto, protección de la autonomía y libertad inviolable de las personas para la toma de decisiones en aspectos sustantivos de su muerte -desde la información, cuidados, respeto a la voluntad personal para tomar decisiones, acceso a cuidados y tratamientos necesarios, apoyo a la familia para que cuente con todos los servicios profesionales, atención especializada, orientación psicológica, emocional, y espiritual si se requiere- supone un avance importante en el visión de las personas mayores como sujetos de derechos. La vida es un derecho inalienable, pero no un deber inexcusable. 

Por lo tanto, la dignidad en la muerte obliga considerar al ser humano como dueño de su propio destino, abstrayéndole de la imposición de la vida en contra de la voluntad, sobre todo cuando esta se convierte en un sufrimiento difícil de resistir. Esto es especialmente importante en la vejez, período que se suele ver como desprovista de toda autonomía e independencia, etapa en la cual las mismas familias y profesionales de la salud miran con paternalismo y condescendencia, despojando a sus familiares mayores de guiar el rumbo de sus vidas, cayendo muchas veces en el asistencialismo y secretismo.

Así también, el derecho a la muerte digna podría permitirnos asumir el (propio) envejecimiento y aceptar la finitud de la vida. No se es mayor de golpe, sino que a diario. Como decía Rita Levi-Montalcini, neurológa fallecida a los 103 años: “Tomar en serio la vida significa aceptar firme y rigurosamente, lo más serenamente posible, su finitud”. 

El envejecimiento acarrea declive que pueden derivar en enfermedades. Esto es una condición inherente a los seres vivientes. Pero esto no quiere decir que debamos resignarnos a nuestro destino. Otra forma de vivir el final es posible, si así se quiere. Pensar y planificar un final alejado del sufrimiento físico y psicológico, “morir en paz”, se abre como una posibilidad tangible y le otorga a la vejez un nuevo cariz para aquellas y aquellos más escépticos de las riquezas y potencialidades de esta etapa. 

Así, la consciencia de nuestra mortalidad y posterior aceptación de la finitud nos ayudará a mirar la vejez con otros ojos, en donde aquellas imágenes que funcionan como recordatorio directo de nuestro inevitable final, las cuales generan ansiedad, ya no sea una sensación de amenaza incrustada en lo más recóndito de nuestra memoria social. 

Es por esto por lo que conferir dignidad a la muerte ayudará a derribar el viejismo- o discriminación por motivos de edad hacia las personas mayores- poniendo atajo a su consecuencia más visible: la gerontofobia emergente desde el miedo al dolor físico y a la enfermedad que no se le puede poner remedio. De vivir en el dolor.

Sacarnos ese miedo al envejecimiento gracias a la naturalización de la muerte, conectar con el presente y planear el futuro, conversar en familias y con amigos sobre la experiencia del sufrimiento y la idea de dignidad en el final. Hacer de este proceso algo público y colectivo, quitarle ese halo escabroso. Porque elegir la manera de ponerle fin a la propia vida es una opción que a nadie obliga, pero tampoco nadie puede impedir la disponibilidad de elegir cómo vivir sus últimos días.

Chile podría unirse a los países con una norma constitucional que reconozca que el ejercicio de los derechos a la muerte digna. Y aunque la implementación de este derecho será un gran desafío, esperamos que la dignidad se haga costumbre incluso en la muerte por las y los mayores de hoy, y también de las y los del mañana.