Me gusta escribir, porque es como si hablara conmigo misma, y esta vez voy a tener como tema la edad, mi edad.

Como primera instancia debo decir que es un tema complejo o, para ser más sincera, complicado; si se trata de la edad de una fémina.  Por experiencia propia lo digo, ya que en varias oportunidades tuve que rechazar que se obligara a la cumpleañera a decir cuánto eran los años que se estaban celebrando.

¿ Por qué somos tan enemigas entre nosotras mismas, considerando que el sexo opuesto siempre nos está atacando ? 

Pero continuando con lo que es mi tema de conversación, debo confesar que nunca en mis años que cuento, jamás éstos han sido o han constituido un problema para considerarme una persona de sexo femenino totalmente feliz.

CUANDO LA EDAD RESULTA SER UNA MOLESTIA …

Tarde descubrí esta realidad… nunca tuve en cuenta la caricatura que preocupa mucho especialmente a las mujeres: la edad, que inexorablemente marca el transcurrir del tiempo cronológico y que suele pintar canas en la cabellera…

Para las mujeres, la edad resulta ser una enemiga que incomoda a partir de la edad mediana a las actuales expectativas de vida… acercarse o cruzar los cincuenta años, es una circunstancia que incomoda…

Hace poco me enfrenté a una realidad distinta a la observada en mis años anteriores, ya cruzados con creces los diez lustros. La mirada diferente era asignarle una importancia especial al día de los cumpleaños propios y de familia, y fundamentalmente, porque ellos representaban unos momentos de feliz participación en los aconteceres, y motivos de alegría que se celebraban  en la modestia y en la abundancia … alegrarse por celebrar el Día del Cumpleaños, era una oportunidad hermosa para demostrar los afectos y cariños.

Por JFunk/Shutterstock

Siendo niña de unos seis años, creo haber sentido interés por el cumpleaños, en razón a  mi valor particular por vivir la experiencia escolar, la cual ya mi hermana mayor  comenzaba a experimentar un par de años antes… pero, luego de este interés especial, cada celebración resultaba ser extraordinaria en razón del jolgorio por las características de la festividad familiar, realizada en cada oportunidad.

Ya  felizmente casada, la celebración de nuestros días cumpleañeros lograron significación por las manifestaciones de regocijo, sin importar el anuario que se modificaba.

Vino la Pandemia, y ella despertó en mí Persona, situaciones y circunstancias duras, que han violentado mis aprehensiones sobre la vida y sus manifestaciones de convivencia.

La edad de las mujeres, en menor cantidad,  para su jubilación laboral, perdió sentido con la paridad de género. Otros son los requerimientos que la sostienen, y entonces, los problemas del COVID-19 afloran con la vulnerabilidad de la edad mayor que trasciende la “tercera”, para posicionar una “cuarta” en razón de una más alta expectativa de vida.

Y en la convivencia social, viene apegada a las “atenciones para el Adulto Mayor” las consiguientes repulsas por las preferencias en filas y cortesías que niegan la deferencia digna de la igualdad… entonces, la calificación suele causar molestias.  

Durante los lapsos de mayor ocurrencia de contagios, aparecieron los miedos de una postración hospitalaria requiriendo los ingenios humanos para rescatarnos de los coronavirus, sin ser uno de los postulantes a la última cama de la Salud de Emergencia.

La despreocupación por el “cuánto” de la edad a cuestas, se tornó en inquieta observación de las exigencias sanitarias y el particular comportamiento para atenderlas, amén de advertir otras imposiciones de propia formulación. Todo ello, puso el acento en la cantidad de años que se han logrado sortear hasta ahora. Aplicando los tintes, que alejan en la ficción, la edad blanca… así la cabellera ocultará el tiempo largo de nuestro cuerpo vulnerable; sólo por la circunstancia de que la pandemia equilibra su destrucción humana en las edades más prolongadas.

Estudios recientes, muestran tendencias de ocurrencia letal en grupos etarios más jóvenes; situación que contrario a aquietar los ánimos, fija la angustia de vida en otros factores de la convivencia social.                  

Escribo estas ideas en un día especial: 12 de diciembre; hoy habría celebrado en vida cincuenta y siete años de una feliz vida conyugal. Mi esposo, Ciro Edgardo Vargas Mellado, falleció hace casi cinco años. La experiencia conyugal de cincuenta y dos años, tradujo una circunstancia de vida hermosa, la cual rememoro con singular valoración. 

Su vida se apagó de pronto…

Y me dejó ciega… él era un ser de luz.  

Al apagarse, quedé en una oscuridad tremenda… 

Nunca, nunca en mis casi sesenta años de conocernos, vivir juntos, tuve noción de que me dejaría sola… 

La muerte de Cirito nunca fue advertida por mí… incluso en los dos años en que su enfermedad minó su estructura, pasó por mi mente la posibilidad que él muriese …

Ahora, mi particular circunstancia sorprende a mis años por venir con la serenidad de un acontecer bueno en salud y confianza. Nunca tuve tanta necesidad de la presencia de ese noble Varón que anticipó su tránsito. Su ausencia, dura y nostálgica, resulta ser el alimento vital que me escatimó la Vida  y suele reclamar su vigencia para sosegar mi Alma.

Sonia Roa Mena de Vargas Mellado